
Aún estamos en plena guerra del procés y ya son muchos los que piden el armisticio, nostálgicos de un pasado donde el conflicto no
era visible porque uno de los contendientes había consensuado su autodisolución.
Ya se sabe, 40 años de franquismo y de imposición del español sobre el catalán
y todo eso pesaba mucho incluso para los charnegos que ya habíamos
crecido en democracia y veíamos normalizarse la presencia del catalán en la
escuela. Tras otros cuarenta años de democracia y treinta de catalanismo
institucionalizado en los que hemos aprendido a hablar catalán y a utilizarlo
regularmente, nuestras élites nacionalistas decidieron que ya estábamos maduros
para el último paso tras dejar de hablar el español: dejar de ser españoles,
simplemente. Pero fue dar la puntilla y revivir esa parte de la sociedad casi
disuelta con la manifestación del 8 de octubre del pasado año. Como ha entendido
perfectamente ERC, serán necesarios unos pases más de muleta para rematar la
faena.
Al fin, saben perfectamente que tienen a su disposición todo
lo que necesitan y que es cuestión de tiempo. Como sugiere Gellner, la nación
no es previa al estado, sino que es el estado el que proporciona los instrumentos
a los nacionalistas para crear su nación
imaginada: educación, medios de comunicación, etc. Lo singular de los
nacionalistas catalanes es que, sin tener estado, la España autonómica le ha
proporcionado el control de todos esos resortes para ir construyendo su nación.
Solo les ha faltado el control de la justicia para culminar su sueño; eso y la
dificultad que encontraron para convencer al resto del mundo que España, una de
las “democracias plenas” segúnThe Economist, se dedica a
discriminar a una de sus regiones más prósperas. Con Franco todo les hubiera ido
mejor. Esa es la paradoja: tras cuarenta años de un franquismo lesivo para las
libertades y la lengua catalana las posiciones independentistas eran marginales,
mientras que tras cuarenta años de democracia e impulso del catalanismo como
nunca en la historia el independentismo ha calado en la mitad de la población. Mucho,
pero no lo suficiente: cuarenta años de construcción
nacional solo ha dado para una pared medianera.
La pregunta que debemos hacernos es si esa construcción es
reversible o esa pared es un muro de
contención que acabará por ceder. Para revertir esa situación cada uno deberá
cambiar los pasos de su vida, mientras que el PSC se dedica a planificar la
vuelta al pasado, sin entender que lo que vivimos no es un accidente sino la
consumación de todo lo anterior.
A nivel personal debemos asumir que ese “consenso charnego”
que nos llevó a muchos a utilizar nuestra lengua solo en la intimidad para
compensar los históricos agravios al catalán debe acabarse. Hay que volver a
sacar nuestra lengua a pasear, a comprar, sin complejos, hasta que
verdaderamente nos creamos que Cataluña es bilingüe y que es bueno que así sea.
A estas alturas ya sabemos que nuestros nacionalistas entienden todo consenso
como claudicación. Ellos siempre han estado en estado de guerra.
Los charnegos que quieran ir más allá, deberán empezar a colaborar
para construir una Cataluña no
nacionalista. Ahora ya es una cuestión de supervivencia. Hay que ser capaces de
escribir un “libro de estilo” alternativo a estos treinta años de nacionalismo en
educación, medios de comunicación o espacio público que seduzca a aquellos que
aspiran a vivir en una sociedad plural y no en esta organización
progubernamental dirigida a la consecución de un único fin. Hay que saber
ponerlo por escrito para creernos que es posible y, claro, contar con alguien
que se esfuerce en alcanzarlo.
Y aquí llegamos al papel del Estado ¡Lo que les cuesta a los
políticos que lo dirigen entender que el Estado es tan propio de Cataluña como
la Generalitat! Que tan legítimo es el poder de uno como del otro y que debe
ejercerse sin pedir perdón antes que el muro de contención ceda. Ahora que
están tan tentados a forzar el armisticio con los políticos que dirigen la Generalitat
hay que recordarles que su omisión no acabará con el conflicto, sino que hará que rebose lo institucional hasta convertirse en violencia en la sociedad. Estamos
en una guerra y deberá haber vencedores y vencidos, y mejor que pierdan las
instituciones que las personas.